Episodio 270: Análisis de la competitividad de la producción agrícola con Manuel Vargas

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La competitividad agrícola define quién logra mantenerse en el mercado y quién desaparece. En esta conversación con Juan Manuel Vargas Canales de la Universidad de Guanajuato, se explica cómo influyen mercado global, eficiencia productiva, costos, calidad y sustentabilidad en la permanencia de cualquier sistema agrícola.

Se aborda un tema clave para productores y empresas: cómo entender la competitividad más allá de producir más. Con aportaciones de Juan Manuel Vargas Canales, se examinan indicadores reales, impacto ambiental, decisiones del mercado y rentabilidad, mostrando por qué competir hoy implica cambiar la forma de producir y pensar el agro.

La competitividad en la producción agrícola no se limita a producir más. Se entiende como la capacidad de insertarse en el mercado, mantenerse y crecer. Eso implica que cualquier sistema productivo debe responder a condiciones económicas concretas, donde el mercado define qué se produce, cómo se produce y cuánto se produce.

Se plantea que la competitividad es, en esencia, un concepto económico. Permite que regiones y países aprovechen sus ventajas comparativas, especializándose según sus recursos y capacidades. Esto genera beneficios para los consumidores, quienes acceden a mayor variedad de productos a menor costo. Sin embargo, esta lógica también está profundamente vinculada al comercio internacional, que influye directamente en precios, disponibilidad y seguridad alimentaria.

El análisis de la competitividad no puede hacerse de forma aislada. Se requiere una visión sistémica. Se identifican cuatro niveles fundamentales. El nivel meta, que incluye la organización política y económica de un país. El nivel macro, que considera estabilidad económica, seguridad y corrupción. El nivel meso, enfocado en regiones y su infraestructura. Y el nivel micro, donde se analiza el comportamiento de las empresas y sistemas productivos.

En este último nivel es donde realmente ocurre la competencia. No compiten las personas, sino los sistemas productivos diseñados. La eficiencia con la que se configuran esos sistemas es lo que determina su capacidad de competir en mercados locales e internacionales.

Un punto crítico es que este enfoque tradicional ha dejado fuera la dimensión ambiental. La sustentabilidad no ha sido integrada de forma transversal en los análisis de competitividad. Esto genera una visión incompleta, donde se prioriza la eficiencia económica sin considerar los impactos ecológicos.

Se introduce entonces la necesidad de incorporar nuevos indicadores. Entre ellos, la huella ecológica, que mide la demanda de recursos; la huella de carbono, que refleja emisiones; y la huella hídrica, que evalúa el uso del agua. También se menciona la huella social, relacionada con impactos en desarrollo humano y condiciones laborales.

Estos indicadores permiten entender que la competitividad no solo debe medirse en términos de rentabilidad. También debe considerar las externalidades negativas, es decir, los efectos dañinos que una actividad genera en la sociedad o el ambiente.

Se destaca que el crecimiento poblacional agrava el problema. Los recursos naturales son finitos, y aunque se optimicen procesos, la presión sobre ellos sigue aumentando. Esto genera una tensión directa entre competitividad y sustentabilidad.

Desde la práctica, no existe una metodología única para determinar si un agronegocio es competitivo. En términos simples, el mercado y la rentabilidad siguen siendo los principales indicadores. Sin embargo, desde enfoques más avanzados, se han desarrollado metodologías que asignan valor económico a impactos ambientales.

Entre ellas se encuentran métodos como valoración contingente, precios hedónicos o costos evitados. Estas herramientas buscan integrar el impacto ambiental dentro del análisis económico, aunque aún se encuentran en desarrollo y aplicación limitada.

Se plantea una pregunta central: si es posible ser competitivo y sustentable al mismo tiempo. La respuesta no es absoluta. Desde la teoría, un sistema competitivo debería usar los recursos de manera eficiente. Pero en la práctica, la dinámica del mercado prioriza la producción y el consumo, lo que muchas veces entra en conflicto con la conservación de recursos.

La clave está en el comportamiento del consumidor. El mercado responde a la demanda. Por lo tanto, cualquier cambio real hacia sistemas más sustentables requiere una transformación en los hábitos de consumo. Sin ese cambio, la presión por producir más seguirá dominando.

En el campo, la sustentabilidad implica costos adicionales. Certificaciones, cambios en procesos y nuevas prácticas representan inversiones. Sin embargo, se aclara que estas certificaciones pueden ser altamente rentables. Permiten acceder a mejores precios y generar ventajas competitivas temporales, ya que no todos los productores pueden cumplir con esos estándares.

Esto crea barreras de entrada que, aunque exigentes, benefician a quienes logran superarlas. Con el tiempo, los productores que adoptan estos modelos comienzan a ver retornos económicos claros.

Otro elemento relevante es el papel de las ciudades. El crecimiento urbano impulsa sistemas productivos intensivos. Esto significa mayor uso de agroquímicos, energía y recursos, además de fomentar el monocultivo. Este tipo de producción tiene efectos negativos comprobados sobre biodiversidad y equilibrio ecológico.

Se reconoce que existe una desconexión entre el desarrollo científico y las políticas públicas. La academia genera conocimiento, metodologías e indicadores, pero su impacto en la toma de decisiones gubernamentales es limitado. Esto reduce la velocidad con la que se implementan soluciones efectivas.

Aun así, se observa avance en áreas como la bioeconomía y la economía circular. Estos enfoques buscan optimizar el uso de recursos y reducir desperdicios, integrando la sustentabilidad dentro del modelo productivo.

Se insiste en la necesidad de generar información confiable. Sin datos, no es posible evaluar ni mejorar. La medición de indicadores permite entender el comportamiento de los sistemas productivos y tomar decisiones fundamentadas.

En conjunto, la competitividad agrícola es un concepto complejo que exige integrar múltiples dimensiones. No basta con analizar costos o rendimientos. Es necesario considerar factores económicos, sociales y ambientales de forma simultánea.

El reto principal está en equilibrar estos elementos. Se reconoce que lograr una competitividad completamente sustentable es difícil, pero se plantea como una meta hacia la cual se debe avanzar. Esto implica transformar sistemas productivos, políticas públicas y hábitos de consumo.

El punto central es claro: producir ya no es suficiente. Se requiere producir mejor, con eficiencia, responsabilidad y visión de largo plazo. Solo así será posible mantenerse en un entorno cada vez más exigente y globalizado.