La conversación gira en torno a una pregunta directa: ¿es posible producir alimentos sin agroquímicos? Se analiza desde la práctica agrícola real y no desde la teoría. El enfoque prioriza producción, estabilidad e impacto económico, mostrando qué ocurre cuando se toman decisiones rápidas sin considerar sus efectos en cadena.
Se presenta un caso concreto que permite entender las consecuencias de eliminar insumos clave. A partir de ahí se exploran alternativas viables, los límites del cambio y la necesidad de una transición estructurada. El objetivo es aterrizar la discusión en resultados medibles y evitar simplificaciones que distorsionan la realidad productiva.
La reflexión parte de una inquietud común: la idea de eliminar agroquímicos, especialmente plaguicidas, como solución para mejorar la agricultura. Sin embargo, al analizarlo con mayor profundidad, se concluye que no es posible sostener la producción agrícola actual sin estos insumos. No se trata de una postura ideológica, sino de una evaluación basada en resultados reales.
El ejemplo más claro es lo ocurrido en Sri Lanka en 2021. El gobierno decidió prohibir la importación de fertilizantes y plaguicidas de manera abrupta, buscando transitar hacia una agricultura libre de químicos. La intención parecía positiva, pero la implementación fue inmediata, sin transición ni preparación.
Las consecuencias fueron severas. La producción agrícola cayó de forma importante, especialmente en cultivos clave como el arroz y el té. Esto provocó escasez de alimentos, incremento en los precios y una inflación que alcanzó niveles elevados. La situación se agravó porque el país dependía también del turismo, que ya venía afectado.
Uno de los datos más relevantes es que aproximadamente un tercio de la tierra agrícola quedó inactiva. Esto refleja que el impacto no fue marginal, sino estructural. Además, el gobierno tuvo que destinar recursos económicos importantes para compensar a los agricultores afectados, lo que generó presión adicional en la economía.
La recuperación tampoco fue inmediata. Al haberse interrumpido el flujo de importación de insumos, no era posible restablecerlo rápidamente. La falta de liquidez en el sistema financiero limitó la capacidad de compra, lo que prolongó la crisis productiva más allá del periodo inicial de la medida.
Este caso permite entender que la agricultura funciona como un sistema interconectado. No basta con eliminar un elemento sin considerar sus efectos en toda la cadena. Las decisiones deben evaluarse en múltiples niveles, incluyendo las consecuencias de las consecuencias, no solo el impacto inmediato.
A partir de esto, se plantea un ejercicio: si no es viable eliminar agroquímicos de forma inmediata, ¿qué sí se puede hacer para reducir su uso? La respuesta no es simple, pero se proponen líneas de acción concretas.
En el caso de los fertilizantes, el primer punto es desarrollar proyectos masivos de compostaje. La idea es aprovechar los residuos de cosecha que normalmente se desperdician o se queman. Al reincorporarlos al sistema productivo, se puede generar materia orgánica que sustituya parcialmente a los fertilizantes químicos.
Este enfoque implica cambios estructurales. No se trata de una práctica aislada, sino de establecer normas que obliguen a recolectar y procesar los residuos agrícolas. De esta forma se crea un ciclo donde los nutrientes se reutilizan y se reduce la dependencia de insumos externos.
El segundo punto es implementar manejos de nutrientes basados en análisis de suelo. Esto permite evitar tanto la subfertilización como la sobrefertilización. En muchos casos, el problema no es solo cuánto fertilizante se usa, sino cómo se usa.
Cuando se aplica de menos, se limita el potencial del cultivo. Cuando se aplica de más, se generan desequilibrios y pérdidas por lixiviación, que terminan contaminando cuerpos de agua. Por ello, el manejo técnico es clave para optimizar el uso.
El tercer punto aplica especialmente a sistemas hidropónicos: la recirculación de nutrientes. En lugar de desechar la solución nutritiva, se reutiliza, reduciendo la cantidad total de fertilizantes necesarios. Este tipo de prácticas ya es obligatorio en algunos países, lo que demuestra su viabilidad.
En cuanto a los plaguicidas, también se proponen tres líneas principales. La primera es reducir las zonas de monocultivo. Estas zonas generan alta presión de plagas y enfermedades, lo que incrementa la necesidad de control químico.
Aunque el monocultivo facilita la organización de la cadena productiva, también crea condiciones ideales para la proliferación de plagas. Diversificar cultivos puede ayudar a disminuir esa presión y, en consecuencia, el uso de plaguicidas.
El segundo punto es desarrollar programas masivos de depredadores naturales. Esto implica estudiar las relaciones ecológicas en cada región para identificar qué organismos pueden controlar las plagas de forma natural.
No es un proceso sencillo, ya que requiere investigación y producción a gran escala de estos organismos. Sin embargo, representa una alternativa viable para reducir la dependencia de químicos en el control de plagas.
El tercer punto es ampliar el uso de repelentes de origen natural. Más allá de los ejemplos conocidos, existe una gran diversidad de plantas con propiedades repelentes. El reto está en sistematizar su uso y desarrollar programas estructurados que permitan aplicarlos de forma eficiente.
Todas estas propuestas comparten una característica: requieren coordinación entre múltiples actores. No pueden implementarse de manera aislada. Se necesita la participación del sector público, privado, académico y de los propios productores.
La conclusión es clara. Reducir el uso de agroquímicos es posible, pero no mediante decisiones abruptas. Se requiere una transición gradual, basada en conocimiento técnico y en la comprensión de la agricultura como un sistema complejo.
También es necesario equilibrar distintos enfoques. El ambiental es importante, pero no puede ignorar el impacto económico y social. La agricultura no solo produce alimentos, también genera empleo y sostiene comunidades enteras.
Por ello, cualquier cambio debe considerar todos estos factores. No se trata de eliminar por eliminar, sino de construir alternativas que mantengan la productividad mientras reducen los impactos negativos.
La clave está en la estrategia. No en la intención.

