Episodio 281: Visité el vivero de berries Vivex

Visité el vivero de berries Vivex

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Este episodio muestra cómo un vivero puede transformar una industria cuando combina calidad vegetal, innovación varietal y una visión clara de crecimiento. A través de la experiencia de Noel Gutiérrez Barrera, se entiende cómo un proyecto bien diseñado puede impactar desde el productor hasta el mercado internacional.

También se explora cómo la profesionalización del sector impulsa mejores decisiones en campo, desde la sanidad hasta la gestión de insumos. Voces como Rubén y Mairet permiten ver el funcionamiento interno de un vivero que apuesta por eficiencia, colaboración y desarrollo regional.

Al recorrer este proyecto, queda claro que no se trata únicamente de producir plantas, sino de construir un modelo que conecte innovación con producción real. La base está en la propagación masiva de berries, específicamente fresa, frambuesa, arándano y zarzamora, pero el enfoque va más allá de la cantidad. La prioridad es calidad de planta, entendida como el punto de partida de toda la cadena productiva.

Se percibe que el proyecto nace con una ventaja importante: la experiencia acumulada del equipo. No es un intento improvisado, sino una iniciativa respaldada por décadas de conocimiento en viverismo. Esto permite iniciar en un nivel más alto y, sobre todo, plantear mejoras desde el principio. No se busca replicar lo que ya existe, sino cuestionarlo y evolucionarlo.

Uno de los ejes más relevantes es la intención de convertirse en un puente entre la innovación genética y el productor. Las nuevas variedades suelen tardar en adoptarse, y aquí se plantea un modelo que acelera ese proceso. Detectar variedades con alto potencial y llevarlas rápidamente al campo se convierte en una estrategia clave para generar valor.

También se entiende que el mercado actual tiene una demanda insatisfecha de plantas. Esto abre espacio para nuevos actores, pero no desde la competencia cerrada, sino desde la colaboración. Se plantea una visión donde el vivero funciona como aliado de empresas productoras, exportadoras o desarrolladores de variedades. Esa apertura cambia la dinámica tradicional del sector.

En términos técnicos, la fitosanidad aparece como uno de los pilares. Desde el inicio se enfatiza la necesidad de analizar el entorno: cultivos vecinos, presencia de plagas y condiciones climáticas. A partir de ese diagnóstico se construyen programas preventivos. No se trata de reaccionar, sino de anticiparse.

En el caso de la fresa, por ejemplo, las condiciones de humedad y temperatura se vuelven determinantes. La aparición de plagas como la araña roja obliga a implementar monitoreo constante. Se observa una estructura organizada donde equipos especializados revisan el cultivo y actúan antes de que el problema escale.

El sistema de producción también refleja innovación. Las estructuras elevadas permiten mejorar las condiciones de trabajo y aumentar la eficiencia. Las canaletas móviles destacan por su doble funcionalidad. No solo permiten ajustar la altura para optimizar el crecimiento, sino que liberan espacio inferior para generar cepellones.

Este aprovechamiento del espacio vertical se vuelve especialmente relevante en variedades poco productivas. En lugar de resignarse a bajos rendimientos, se diseñan estrategias para compensarlo. Se utilizan sistemas de dos niveles para maximizar la producción y responder a la demanda del mercado.

Las cifras de producción ayudan a dimensionar el alcance. Algunas variedades pueden alcanzar entre 3.5 y 4 millones de plantas por hectárea, mientras que otras rondan el millón. Los ciclos de producción, que van de 19 a 20 semanas, muestran un sistema intensivo y bien estructurado.

Más allá de la parte técnica, el componente humano también es central. La experiencia de quienes trabajan en el vivero refleja una cultura organizacional distinta. Desde el proceso de contratación se busca involucrar a las personas, permitirles conocer el proyecto y generar compromiso desde el inicio.

Se valora un equipo alineado, donde cada área entiende su impacto en la producción. Incluso roles como compras requieren conocimiento técnico para tomar decisiones adecuadas. No se trata solo de adquirir insumos, sino de seleccionar proveedores que garanticen calidad y continuidad.

En este contexto, se identifican características clave para quienes desean integrarse al sector: proactividad, empatía y capacidad de adaptación. La producción agrícola no es estática ni predecible, por lo que se necesitan perfiles que respondan a condiciones cambiantes y mantengan el enfoque en resultados.

El proyecto también tiene un impacto social relevante. La generación de empleo en la región se presenta como uno de los beneficios más visibles. Se habla de hasta 500 empleos en etapas de alta actividad, lo que implica una transformación económica para las comunidades cercanas.

Este impacto no se limita al empleo. También se busca contribuir a necesidades locales y fortalecer el vínculo con la comunidad. La producción agrícola, en este caso, se plantea como un motor de desarrollo regional.

Desde la perspectiva de la industria, se confirma que existe espacio para este tipo de proyectos. La demanda global de berries sigue creciendo, impulsada por su posicionamiento como alimentos saludables. Esto obliga a los productores a asegurar volumen, calidad y tiempos de entrega.

Aquí es donde el vivero juega un papel crítico. Contar con plantas disponibles en el momento adecuado permite cumplir con programas de producción y abastecer mercados exigentes. La oportunidad en la entrega se vuelve tan importante como la calidad misma.

También se reconoce que el mercado evoluciona constantemente. Las variedades que hoy funcionan pueden dejar de hacerlo en pocos años. Por eso, la capacidad de adaptación y la búsqueda constante de innovación se vuelven indispensables.

Se percibe una visión clara: no solo participar en el mercado, sino influir en su evolución. La combinación de experiencia, tecnología y apertura a la colaboración crea un modelo con potencial de liderazgo.

En conjunto, el proyecto muestra cómo la integración de múltiples factores —calidad, innovación, fitosanidad, gestión y capital humano— puede redefinir el viverismo. No es un enfoque aislado, sino un sistema donde cada elemento aporta al resultado final.

Lo que queda más claro es que el éxito no depende de un solo aspecto. Es la suma de decisiones bien ejecutadas, desde el diseño de las estructuras hasta la selección de personas, lo que permite construir una operación sólida.

Al final, se entiende que producir plantas no es un proceso simple. Es el inicio de toda una cadena productiva, y cualquier mejora en esta etapa tiene un efecto directo en el rendimiento del campo. Por eso, apostar por la excelencia desde el vivero se convierte en una estrategia con impacto amplio y sostenido.