El cultivo de tomate enfrenta una amenaza que ha transformado la forma de producir: el virus rugoso, capaz de afectar rendimiento, calidad y rentabilidad. En esta conversación, Andy Zamudio de BASF NUNHEMS explica con claridad qué está ocurriendo en campo y cómo se están desarrollando soluciones reales.
La atención se centra en entender el problema desde su origen hasta su impacto económico, pero también en identificar oportunidades. Andy Zamudio comparte cómo la innovación dentro de BASF NUNHEMS ha permitido avanzar hacia variedades resistentes, ofreciendo alternativas concretas ante un desafío que sigue evolucionando en la agricultura protegida.
El virus rugoso del tomate ha cambiado por completo la lógica de producción en este cultivo. Lo primero que queda claro es su capacidad de diseminación: es un virus altamente infeccioso que se transmite principalmente de forma mecánica. Esto significa que basta el contacto entre plantas, herramientas o manos para propagarlo rápidamente dentro de un invernadero.
Desde mi perspectiva, entender esto explica por qué el problema se volvió tan crítico. Las labores agrícolas dependen del trabajo humano constante: poda, entutorado, deshoje. En cada una de estas actividades existe contacto directo con la planta. Por eso, el virus encuentra un entorno ideal para expandirse sin control.
El impacto no es menor. Se han registrado pérdidas de hasta 70% u 80% de la producción, especialmente en las primeras etapas donde no se conocía bien la enfermedad. Esto generó incertidumbre, costos inesperados y una curva de aprendizaje obligada para los productores.
Uno de los puntos clave es que, al inicio, no existía claridad sobre la sintomatología. Las plantas mostraban deformaciones, hojas “enchinadas” y pérdida de vigor, pero podía confundirse con otros factores como nutrición, riego o condiciones ambientales. Ese retraso en la identificación permitió que el virus avanzara sin control en muchas unidades productivas.
Con el tiempo, se logró identificar el problema mediante pruebas serológicas. Esto permitió confirmar que se trataba de un tobamovirus, una familia que ya incluye otros virus conocidos en solanáceas. Sin embargo, este en particular mostró una agresividad y velocidad de propagación superiores.
La sintomatología afecta directamente el crecimiento de la planta. Uno de los daños más graves es la afectación del punto apical, lo que limita el desarrollo. En cultivos indeterminados, esto es crítico. Si una planta está diseñada para producir 15 racimos y el virus detiene su crecimiento en el octavo, la planeación productiva se rompe por completo.
Aquí se vuelve evidente el impacto económico. No solo se pierde volumen de producción, también se altera toda la proyección de ingresos. Además, el fruto afectado pierde calidad comercial. Aparecen manchas, necrosis y deformaciones que lo vuelven incomercializable.
Este doble golpe, menor rendimiento y menor calidad, genera una presión fuerte sobre los márgenes del productor.
Ante esta situación, los agricultores comenzaron a implementar protocolos de manejo. Uno de los más importantes fue la segmentación del personal. Cada trabajador se encarga de una sección específica para evitar la propagación entre líneas. También se establecieron medidas de desinfección constante de herramientas y monitoreo riguroso de plantas infectadas.
Aunque estas acciones ayudaron a reducir la diseminación, también incrementaron los costos de producción. Se requiere más control, más supervisión y mayor disciplina operativa. En otras palabras, producir tomate se volvió más complejo y más caro.
El problema no se limita a una región. Está presente en las principales zonas productoras de México, incluyendo Sinaloa, Bajío, centro-sur y occidente. Además, aunque afecta a todas las solanáceas, su impacto es más severo en sistemas de agricultura protegida debido a los ciclos largos de producción.
Frente a este escenario, la innovación genética se volvió una necesidad urgente. Aquí entra el trabajo de BASF NUNEMS, que decidió enfocar su programa de mejoramiento en el desarrollo de variedades con resistencia al virus.
El resultado fue una variedad con resistencia intermedia, lo que significa que no es inmune, pero sí reduce significativamente el daño. Esto permite mantener niveles de producción más estables incluso en presencia del virus.
El desarrollo de esta solución no fue sencillo. Se requirió evaluar materiales en diferentes condiciones, climas y sistemas de manejo. La clave fue lograr un equilibrio entre resistencia y características comerciales como sabor, tamaño, color y rendimiento.
El proceso completo de desarrollo de una variedad suele tomar entre tres y cinco años. En este caso, se logró en aproximadamente tres años, lo que refleja la urgencia y prioridad que se le dio al problema.
Un aspecto relevante es que la validación se hizo directamente en campo. Los agricultores probaron la variedad en condiciones reales, incluso sometiéndola a inoculación directa del virus. Esto permitió comprobar su comportamiento y generar confianza en su desempeño.
La adopción fue impulsada por resultados visibles. Los productores observaron que la variedad mantenía vigor, reducía síntomas y permitía continuar la producción con menor impacto. Esto facilitó su rápida entrada al mercado.
Actualmente, esta variedad se encuentra en fase completamente comercial y forma parte del portafolio disponible para los agricultores. El enfoque ahora está en acompañar su adopción y seguir generando información técnica para optimizar su manejo.
Más allá de esta solución específica, el compromiso es claro: continuar innovando. La agricultura es un sistema dinámico donde constantemente surgen nuevas amenazas. La capacidad de respuesta depende de la inversión en investigación, desarrollo y cercanía con el productor.
Desde esta visión, la estrategia es anticiparse a los problemas, entender las necesidades del mercado y desarrollar soluciones adaptables a diferentes condiciones. La combinación de genética, manejo y conocimiento será clave para enfrentar los desafíos futuros.
En síntesis, el virus rugoso no solo representa un problema sanitario, sino un punto de inflexión en la forma de producir tomate. Obliga a replantear prácticas, invertir en tecnología y adoptar nuevas herramientas. Al mismo tiempo, abre espacio para la innovación y el desarrollo de soluciones más resilientes.


