La agricultura está entrando en una etapa donde la tecnología digital, la toma de decisiones basada en datos y la adaptación profesional ya no son opcionales. David Miranda, desde su experiencia en EMAP, plantea con claridad qué significa realmente evolucionar en este contexto y por qué quedarse igual ya no es viable.
Aquí se expone cómo un agrónomo puede integrarse a la agricultura de precisión, entender el valor de herramientas como sensores, drones y satélites, y desarrollar habilidades prácticas sin complicarse. David Miranda aterriza el tema desde la realidad del campo, sin teorías innecesarias ni promesas exageradas.
La transformación digital en la agricultura no es un escenario futuro, es una condición presente que está redefiniendo el perfil del agrónomo. La conversación gira en torno a un punto central: quien no se adapte, quedará rezagado. No por falta de capacidad, sino por falta de decisión para incorporar nuevas herramientas.
Desde la experiencia de David, la entrada a este mundo no comenzó con grandes sistemas ni con tecnología compleja, sino con curiosidad. Su camino inició cuando decidió explorar nuevas formas de hacer agricultura, lo que lo llevó a involucrarse con drones y posteriormente con soluciones más integrales de agricultura de precisión. Ese proceso muestra que la evolución profesional no ocurre de golpe, sino por acumulación de aprendizajes.
Uno de los primeros puntos críticos es la resistencia cultural. Muchos agricultores continúan utilizando prácticas que han funcionado durante años, lo cual genera una barrera natural hacia la adopción tecnológica. No es desinterés, sino una lógica basada en resultados históricos. Sin embargo, esta postura limita la posibilidad de mejorar eficiencia, reducir costos o anticipar problemas.
A esto se suma otro problema relevante: hay pocos técnicos preparados para integrar agronomía con tecnología. No basta con saber de cultivos, ni tampoco con dominar herramientas digitales. El valor está en la combinación de ambos conocimientos. Esa intersección sigue siendo escasa, lo que abre una oportunidad clara para quienes decidan desarrollarse en esa dirección.
El contexto actual obliga a cambiar. Factores como el cambio climático y eventos disruptivos como la pandemia evidenciaron que la agricultura necesita herramientas para anticiparse, no solo reaccionar. La lógica cambia de corregir errores a prevenirlos. En ese sentido, la tecnología se convierte en un medio para tomar decisiones más precisas.
Aquí aparece un concepto clave: la agricultura de precisión no busca reemplazar el conocimiento agronómico, sino potenciarlo. Herramientas como sensores, imágenes satelitales o estaciones meteorológicas permiten entender lo que ocurre en el cultivo con mayor detalle. Pero siguen dependiendo de la interpretación del técnico.
Un aspecto importante es que no todas las tecnologías deben adoptarse al mismo tiempo. Existe una sobreoferta de herramientas y esto puede generar confusión, especialmente para quienes están iniciando. La recomendación es clara: empezar por lo básico.
Ese punto de partida es más simple de lo que parece. Volver a lo esencial implica sentarse frente a una computadora y desarrollar habilidades digitales básicas. Saber buscar información, entender plataformas y familiarizarse con herramientas digitales es el primer paso. No se trata de volverse experto en todo, sino de perder el miedo.
En ese proceso, las aplicaciones móviles juegan un papel relevante. Son accesibles, intuitivas y funcionan como una puerta de entrada. Aplicaciones de geolocalización, por ejemplo, permiten comenzar a digitalizar parcelas, registrar información y generar una base de datos útil para decisiones futuras.
El uso de herramientas como Google Maps o Google Earth, aunque no fueron diseñadas específicamente para agricultura, demuestra que la tecnología ya está disponible. Lo que falta es darle un enfoque agrícola. Algunos agrónomos ya utilizan estas aplicaciones como bitácoras de campo, registrando datos clave directamente en el sistema.
Sin embargo, hay que ser cuidadosos. No todas las aplicaciones aportan valor real. Muchas han sido desarrolladas en otros contextos y adaptadas a México sin considerar diferencias en cultivos o condiciones. Por eso, antes de adoptar una herramienta, es necesario evaluar si realmente responde a una necesidad específica.
La clave está en identificar el problema antes que la tecnología. Un agrónomo especializado en granos, por ejemplo, puede encontrar mayor valor en imágenes satelitales que en sensores de alta precisión. En cambio, en agricultura protegida, los sensores de temperatura o humedad pueden ser más relevantes.
Esto lleva a una idea central: no se trata de aprender todo, sino de especializarse estratégicamente. Elegir una tecnología base y desarrollarse en ella permite generar valor real. A partir de ahí, se pueden integrar otras herramientas de manera progresiva.
Otro punto crítico es la falta de espacios de formación integrales. La información está fragmentada. Cada empresa capacita en su tecnología, pero no existe un lugar donde se integren todas las herramientas. Esto dificulta la formación de los agrónomos, quienes terminan aprendiendo de manera dispersa.
La solución propuesta es la colaboración. Crear espacios donde diferentes actores compartan conocimiento permitiría acelerar el desarrollo del sector. La falta de colaboración genera errores repetitivos, malas experiencias y desconfianza hacia la tecnología.
En este contexto, el compromiso del técnico es fundamental. No solo debe aprender, sino también transmitir confianza al agricultor. Una mala implementación puede cerrar la puerta a futuras adopciones. Por eso, el proceso debe ser gradual y bien acompañado.
En cuanto a las tecnologías específicas, las imágenes satelitales destacan por su capacidad para monitorear grandes superficies. A través de índices de vegetación, permiten identificar zonas donde el cultivo presenta estrés. No indican la causa, pero sí señalan dónde intervenir.
Esto cambia la forma de trabajar. En lugar de recorrer todo el campo, el técnico puede enfocarse en áreas específicas. Se optimiza tiempo, se reducen costos y se mejora la precisión en la toma de decisiones.
El uso de datos también permite generar estimaciones más confiables. Antes, estas se basaban en experiencia. Ahora, pueden apoyarse en información histórica y análisis automatizados. Esto es especialmente útil en operaciones agrícolas de mayor escala.
Sin embargo, es importante evitar exagerar las capacidades de la tecnología. No reemplaza al agrónomo ni resuelve todos los problemas. Su valor está en complementar el conocimiento técnico, no en sustituirlo.
La invitación final es clara: desarrollar interés. Sin interés, ninguna herramienta será útil. La tecnología está disponible, pero requiere disposición para aprender y experimentar. Ese es el verdadero punto de diferencia entre quienes avanzan y quienes se quedan.
El proceso no es inmediato. Implica tiempo, errores y aprendizaje constante. Pero quienes decidan recorrer ese camino encontrarán oportunidades importantes para mejorar su desempeño y aportar mayor valor al sector agrícola.

