Episodio 414: No podemos prescindir del plástico en la agricultura

El plástico es esencial en la agricultura moderna, mejorando la eficiencia de producción de alimentos a través de tecnologías como el riego por goteo, invernaderos y acolchados, al tiempo que promueve prácticas sostenibles mediante la reducción del uso de agua y pesticidas.

Sin embargo, la gestión de su impacto ambiental, especialmente en términos de residuos, es un desafío significativo. La solución implica el desarrollo de plásticos biodegradables y sistemas de reciclaje eficientes, buscando un equilibrio entre sus beneficios y la minimización de su impacto.

En este episodio explico por qué no podemos prescindir del plástico en la agricultura, al menos con los sistemas productivos actuales, y por qué este material se volvió estructural para el agro moderno. El análisis no parte de una defensa acrítica del plástico, sino de reconocer su papel real en la producción de alimentos y los problemas que surgen cuando no se gestiona adecuadamente .

El plástico se integró a la agricultura por razones muy concretas. La primera es su versatilidad. Existen múltiples tipos de plásticos que permiten crear herramientas, estructuras y sistemas adaptables a necesidades agrícolas muy distintas. Para algunos, el plástico se asocia de inmediato con invernaderos y túneles. Para otros, con sistemas de riego por goteo. En realidad, está presente en casi todas las etapas de la producción.

La segunda razón es su bajo peso. En comparación con metales o madera, el plástico es ligero, lo que facilita su transporte, instalación y manejo en campo. Esto se traduce en menores costos laborales y en una operación más sencilla, algo clave en un sector donde la eficiencia operativa marca la diferencia.

La tercera razón es su durabilidad. Muchos plásticos agrícolas están diseñados para resistir condiciones climáticas adversas. Soportan calor extremo, frío, radiación solar y humedad. Esa capacidad de protección ha permitido estabilizar rendimientos, extender ciclos productivos y reducir riesgos climáticos.

Estas características han sido tan determinantes que incluso existe un término específico para describir su uso: plasticultura. No es una exageración decir que, sin plástico, la agricultura moderna colapsaría en muchos sistemas productivos. Está tan integrado que muchas veces ni siquiera se percibe.

Incluso quienes producen a cielo abierto y sin estructuras de protección utilizan plástico. Los sistemas de riego, los envases de agroquímicos, los sacos de fertilizantes y numerosos insumos dependen de este material. El plástico no es exclusivo de los invernaderos; atraviesa todo el sistema agrícola.

A pesar de estas ventajas, el uso del plástico en la agricultura tiene costos ambientales cada vez más visibles. El principal problema es la acumulación de residuos plásticos en suelos y ecosistemas acuáticos. La mayoría de estos materiales tiene una degradación muy lenta. No se trata de años, sino de décadas o incluso siglos.

Esta acumulación afecta la biodiversidad y altera ciclos naturales que todavía no comprendemos del todo. El problema se agrava porque, en muchas regiones agrícolas, no existe una gestión adecuada de los residuos plásticos. Los plásticos se almacenan en el campo, se reutilizan de forma improvisada o, en el peor de los casos, se queman.

La quema de residuos plásticos libera gases de efecto invernadero y contribuye al cambio climático. No ocurre porque los agricultores lo deseen, sino porque la logística de recolección y reciclaje tiene un costo que muchas veces nadie está dispuesto a asumir. No hay empresas cercanas, no hay incentivos y no hay infraestructura suficiente.

Diversas investigaciones científicas respaldan estas preocupaciones. Un estudio de Steinmetz, Wollmann y Schaeffer (2016) concluye que, aunque los acolchados plásticos ofrecen beneficios agronómicos a corto plazo, conducen a la degradación del suelo a largo plazo debido a la acumulación de residuos. Esto altera el ecosistema edáfico y puede modificar microclimas del suelo, con posibles emisiones adicionales de gases.

Otros trabajos analizan los llamados plásticos biodegradables. Aunque suena a solución definitiva, la evidencia muestra que también generan desequilibrios. Investigaciones de Bandopadhyay, Martin-Closas y Pelacho señalan que estos materiales, al incorporarse al suelo, pueden afectar comunidades microbianas, alterar la dinámica de la materia orgánica y modificar funciones del ecosistema.

Es decir, incluso cuando el plástico se degrada, no desaparece sin impacto. Introduce compuestos que no forman parte natural del suelo y que cambian su equilibrio. Esto no significa que los plásticos biodegradables no deban usarse, sino que no son una solución mágica.

El problema de fondo es que el plástico ha sido una solución eficiente y barata a corto plazo, pero con costos ambientales que se manifiestan a largo plazo. La agricultura resolvió problemas inmediatos de productividad, protección y eficiencia, pero ahora enfrenta las consecuencias de esa dependencia.

Aun así, pensar en eliminar el plástico de la agricultura no es realista. La pregunta no es si se seguirá usando, sino cómo se puede usar mejor. Todo indica que el uso de acolchados plásticos seguirá aumentando porque generan beneficios económicos inmediatos: mayor rendimiento, mejor calidad de fruto, cosechas más tempranas o más tardías y mayor eficiencia en el uso del agua.

También aumentará la oferta de plásticos biodegradables. Aunque no son perfectos, su impacto es menor que el de los plásticos convencionales. Entre dos opciones con impacto, es preferible aquella que degrade más rápido y deje menos residuos persistentes.

Hay otros frentes donde la investigación es urgente. En los sistemas de riego, por ejemplo, todavía no está claro si las mangueras liberan microplásticos al agua que llega a las plantas. No hay estudios concluyentes, pero es un tema que merece atención antes de que se convierta en un problema mayor.

Los envases agrícolas son otro punto crítico. Son plásticos duros, muy visibles en campo y con tiempos de degradación extremadamente largos. Aquí hay una oportunidad clara de innovación, desarrollando envases biodegradables o con ciclos de reciclaje reales y accesibles.

En el caso de los invernaderos, el potencial de mejora es enorme. Nuevos plásticos con filtros selectivos, colores específicos, mayor eficiencia térmica y mayor vida útil pueden reducir la frecuencia de reemplazo y, con ello, la cantidad de residuos.

Lo mismo ocurre con estructuras de soporte para cultivos, sistemas de guiado y otras aplicaciones donde el plástico ofrece soluciones prácticas que hoy no tienen sustitutos viables a gran escala.

El mensaje final es claro. El plástico está íntimamente ligado a la agricultura actual y futura. No parece posible reducir su uso en el corto plazo; todo indica que seguirá aumentando. El verdadero reto no es eliminarlo, sino transformar la forma en que se diseña, se utiliza y se gestiona al final de su vida útil.

Si el agro quiere ser más responsable con el ambiente, tendrá que asumir que el plástico seguirá presente y que la solución pasa por innovación, regulación inteligente y responsabilidad compartida. Ignorar el problema no lo hará desaparecer. Entenderlo es el primer paso para reducir su impacto real.