Episodio 417: ¿Es rentable que los agricultores paguen por al agua que ocupan?

¿Es rentable que los agricultores paguen por al agua que ocupan?

En el Valle del Pájaro, California, el agua de riego tiene un costo considerable, al menos en comparación con el resto del país, donde este recurso es gratuito. La implementación del cobro no fue fácilmente aceptada por los agricultores, pero a lo largo de décadas ha probado que fue la solución correcta.

A 40 años de su implementación, el cobro del agua de riego ha permitido disminuir la extracción de agua subterránea, debido a que la eficiencia de su utilización ha aumentado significativamente. Por supuesto, cabe mencionar que esta fue la respuesta a una necesidad innegable.

El episodio parte de una pregunta que suele incomodar en el sector agrícola: si el agua es un insumo esencial, ¿tiene sentido que su uso tenga un precio real para los agricultores? El tema no se aborda desde la ideología ni desde la teoría abstracta, sino desde la evidencia, los datos y los casos concretos. El objetivo es entender si cobrar por el agua de riego puede mejorar la eficiencia sin destruir la rentabilidad del campo.

Antes de entrar en ejemplos prácticos, se revisa qué dice la investigación científica. Existen estudios desde hace décadas que analizan la relación entre el precio del agua y la eficiencia en su uso. Uno de los más antiguos, de 1990, concluye que los cobros pueden ser efectivos siempre que estén ligados al volumen consumido. Es decir, no basta con cobrar, importa cómo se cobra. Cuando el productor sabe que cada metro cúbico adicional tiene un costo, el agua deja de percibirse como un recurso infinito.

Investigaciones más recientes confirman esta idea, aunque con matices. Aumentar el precio del agua puede incentivar una mayor eficiencia, pero el efecto no es automático ni inmediato. En el corto plazo, muchos agricultores no pueden reducir su consumo porque la eficiencia requiere inversión: sistemas de riego más tecnificados, cambios en manejo agronómico o incluso en el tipo de cultivo. Además, el uso del agua no depende solo de lo que ocurre dentro de la parcela.

Aquí se introduce un punto clave: una parte significativa del desperdicio de agua ocurre antes de llegar al campo. Canales mal diseñados, falta de mantenimiento, filtraciones y evaporación generan pérdidas enormes. Cobrar por el agua puede ser una herramienta poderosa, pero si no se acompaña de inversión en infraestructura, su impacto será limitado.

Otro estudio citado refuerza una idea adicional: los cobros por el agua no solo mejoran la eficiencia, también pueden mejorar la equidad en la distribución. Cuando los recursos recaudados se reinvierten en infraestructura y mantenimiento, el sistema completo funciona mejor. El agua llega de forma más confiable, con menos pérdidas, y se reduce la competencia desordenada por el recurso.

Después de revisar la evidencia, el episodio explica por qué este tema resulta tan relevante hoy. El detonante es un caso concreto: el Valle del Pájaro, en California, Estados Unidos. Se trata de una región agrícola altamente productiva que decidió, hace varias décadas, implementar un sistema de cobro significativo por el agua de riego. No simbólico, no marginal: un costo real que impacta directamente en la estructura financiera de las explotaciones agrícolas.

En muchas regiones agrícolas, especialmente en América Latina, el agua tiene un costo muy bajo o directamente no se paga. A veces el único pago es el del canalero, la persona que abre y cierra compuertas, pero no el agua como recurso. En otras zonas, como algunas regiones de México o Sinaloa, sí existen cuotas, aunque suelen ser reducidas. El Valle del Pájaro rompe completamente con esa lógica.

En esta región, el agua de riego tiene un precio elevado. Los agricultores pagan alrededor de 400 dólares por cada 1,233 metros cúbicos, lo que suma aproximadamente 12 millones de dólares anuales recaudados por el sistema. Este modelo no surgió por capricho, sino como respuesta a una crisis severa: la sobreexplotación de los acuíferos y la intrusión de agua salina estaban poniendo en riesgo la viabilidad de la agricultura, especialmente de cultivos intensivos como los frutos rojos.

El episodio enfatiza que la implementación de este esquema no fue sencilla. La aceptación no fue inmediata ni entusiasta. Pasar de un recurso prácticamente libre a uno con valor monetario explícito implicó un cambio profundo en la forma de gestionar el agua. Sin embargo, la alternativa era clara: seguir como estaban significaba quedarse sin agua y, por lo tanto, sin agricultura.

Los resultados son contundentes. Desde la implementación del cobro, la extracción de agua subterránea se ha reducido en alrededor de 20%. Este dato resume bien el principio económico detrás de la medida: cuando un recurso esencial tiene un costo, se usa con mayor cuidado. A largo plazo, los agricultores ajustan sus prácticas, invierten en eficiencia y optimizan su consumo.

Surge entonces una objeción común: que este tipo de modelo no funcionaría en México o en América Latina. El episodio reconoce esta resistencia, pero recuerda que en el Valle del Pájaro ocurrió exactamente lo mismo. Nadie quería pagar más por el agua. La diferencia fue que la crisis obligó a tomar decisiones. El cobro se introdujo de forma gradual, acompañado de mejoras visibles en la infraestructura, lo que ayudó a que los productores entendieran que el dinero recaudado regresaba al sistema.

Un aspecto central del modelo es el uso de los recursos obtenidos. El dinero no desaparece ni se desvía; se invierte en mejorar canales, reducir pérdidas y asegurar un suministro más eficiente. Se genera así un círculo virtuoso: se cobra el agua, se mejora la infraestructura, se reduce el desperdicio y se protege el acuífero.

El episodio también aborda una realidad incómoda: no todos los productores sobreviven a este tipo de transición. Las empresas financieramente más sólidas tienen mayor capacidad para absorber el nuevo costo y adaptarse. Otras, que ya operaban con márgenes muy ajustados, pueden quedar fuera. No se presentan datos específicos sobre quiebras, pero se reconoce que es una posibilidad real.

A pesar de ello, el Valle del Pájaro sigue siendo una región agrícola próspera, con empresas consolidadas y marcas reconocidas a nivel internacional. Esto demuestra que la gestión sostenible del agua es compatible con una agricultura rentable, siempre que se piense en el largo plazo y no solo en la temporada inmediata.

El mensaje final es claro y directo. El problema del agua ya está presente en muchas regiones agrícolas. Ignorarlo o mantener esquemas donde el recurso no tiene valor económico real puede funcionar un tiempo, pero no es sostenible. Cobrar por el agua no es una solución mágica ni sencilla, pero es una herramienta poderosa cuando se implementa con criterio, gradualidad e inversión.

Este episodio invita a replantear una idea profundamente arraigada: que el agua agrícola debe ser gratuita para que el campo sobreviva. La experiencia del Valle del Pájaro muestra que, en ciertos contextos, no cobrar por el agua puede ser justamente lo que condena a la agricultura a desaparecer. Pensar en el futuro del campo implica asumir decisiones difíciles hoy, antes de que la escasez deje de ser una advertencia y se convierta en una realidad irreversible.

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