La banca tradicional siempre se ha mostrado reticente a financiar al agro, pues conocen los riesgos a los que está expuesta la producción agrícola. Esto representa una oportunidad para ofrecer soluciones a aquellas empresas que, basándose en tecnología, consideren a los cultivos como un activo.
Considerar a los cultivos como activos implica ofrecer financiamiento con la garantía de que del pago obtenido por los productos los agricultores cubrirán el monto acordado, que suele ser el monto del financiamiento más un porcentaje extra. Esto era inviable hace apenas unos años, pero hoy es posible.
El episodio gira en torno a una transformación silenciosa pero profunda en el financiamiento agrícola: considerar a los cultivos como activos financieros. La idea central es sencilla en apariencia, pero compleja en su implementación. Gracias a la tecnología actual, es posible estimar el valor futuro de una cosecha y usar ese valor esperado como base para otorgar financiamiento. Esto abre un panorama distinto para un sector que históricamente ha tenido un acceso limitado, lento y costoso al crédito.
Para entender por qué este tema es relevante, primero se explica por qué el agro necesita financiamiento de manera constante. Existe la percepción, sobre todo fuera del sector, de que el agricultor vende su cosecha, cobra y con eso financia la siguiente temporada. En un escenario ideal, ese ciclo funcionaría. Pero la realidad del campo es distinta. La producción agrícola está expuesta a plagas, enfermedades, clima, fluctuaciones de mercado y fallas operativas que pueden romper ese ciclo en cualquier momento.
Un productor puede hacer bien su trabajo durante años y, aun así, enfrentar una temporada con pérdidas del 30, 50 o incluso 100% de la producción. Cuando eso ocurre, el capital necesario para arrancar la siguiente temporada simplemente no está disponible. Ahí aparece el crédito como una herramienta de supervivencia, no como un lujo. El financiamiento agrícola no es una excepción; es una condición estructural del sector.
También se menciona otro perfil de productor: aquel que sí tiene liquidez, pero decide financiarse con dinero de terceros para proteger su capital propio y mantener reservas ante emergencias. Trabajar con financiamiento externo puede ser una estrategia racional, pero no siempre es accesible.
La banca tradicional ha sido históricamente cautelosa con el agro. No por desconocimiento, sino por todo lo contrario: conoce muy bien los riesgos. El problema no es que no exista crédito agrícola, sino que no es ágil ni accesible para todos. Los procesos son largos, llenos de requisitos y, en muchos casos, exigen garantías como tierras, casas o vehículos. Para muchos agricultores, esas garantías no existen o no quieren comprometerlas.
Además, el tiempo es un factor crítico. Cuando un agricultor necesita liquidez, la necesita en semanas, no en meses. Un crédito que llega tarde no salva un cultivo. Puede llegar cuando la cosecha ya se perdió. Esta desconexión entre los tiempos del banco y los tiempos del campo ha sido una barrera constante.
Aquí es donde entra el concepto central del episodio. Considerar a los cultivos como activos significa valorar financieramente lo que aún no se ha cosechado, estimar su precio futuro en el mercado y usar esa proyección como garantía para otorgar un financiamiento hoy. En términos prácticos, el productor dice: “Estoy sembrando este cultivo, en esta superficie, con este manejo, y en tantos meses tendrá un valor aproximado”. Sobre esa base, una empresa puede prestar dinero con la expectativa de recuperar su capital cuando el producto se venda.
El concepto tiene lógica económica. El problema es el riesgo. ¿Qué pasa si el cultivo falla? ¿Qué pasa si el precio cae? Durante décadas, este modelo fue inviable porque no existían herramientas para monitorear de forma precisa lo que ocurría en el campo. Financiar con base en expectativas sin información confiable sería extremadamente riesgoso, tanto para el productor como para quien presta.
La diferencia hoy es la tecnología. El episodio explica que este modelo empieza a ser posible gracias a una combinación de herramientas que permiten seguimiento casi en tiempo real. Sistemas de información geográfica, imágenes satelitales y monitoreo remoto permiten verificar superficie sembrada, vigor del cultivo y evolución a lo largo del ciclo. No se depende únicamente de la palabra del productor.
A esto se suman los drones agrícolas, equipados con cámaras y sensores que generan información detallada sobre la salud del cultivo. Con vuelos periódicos, un equipo técnico puede detectar problemas antes de que se vuelvan críticos. La información ya no es anecdótica; es visual, medible y comparable.
Sin embargo, los datos por sí solos no bastan. Se requiere análisis. Aquí entran las plataformas de datos y la inteligencia artificial, que permiten procesar grandes volúmenes de información y generar indicadores útiles para la toma de decisiones financieras. No se trata solo de ver el cultivo, sino de interpretar su comportamiento productivo y su riesgo.
También se mencionan tecnologías emergentes como blockchain, que podría ofrecer trazabilidad y registros seguros de las operaciones en campo, y el Internet de las Cosas, con sensores y estaciones meteorológicas. Aunque estas tecnologías aún están en etapas tempranas de adopción, forman parte del ecosistema que hace viable este tipo de financiamiento.
Este enfoque da lugar a un nuevo tipo de empresa: las fintech agrícolas. No son bancos tradicionales ni casas comerciales convencionales. Son organizaciones que integran conocimiento financiero, agronómico y tecnológico para diseñar productos específicos para el agro. A diferencia de la banca tradicional, estas empresas pueden adaptar condiciones, montos y plazos al tipo de cultivo, región y ciclo productivo.
Hasta aquí, el modelo parece sólido, pero el episodio subraya un punto crítico: la comercialización. Financiar con base en el valor futuro del cultivo no basta si ese valor depende de un mercado altamente volátil. El ejemplo del tomate es claro. Un productor puede tener excelentes rendimientos, pero si el precio se desploma al momento de la cosecha, sus ingresos pueden no ser suficientes para cubrir el financiamiento, aunque haya producido bien.
Por eso, se plantea que las empresas que ofrezcan este tipo de crédito no solo deben financiar, sino también tener injerencia en la comercialización. Participar en la venta, abrir canales propios, trabajar con clientes estratégicos o incluso exportar. Asegurar el mejor precio posible es una forma adicional de reducir el riesgo financiero.
Este punto marca una barrera de entrada importante. La tecnología puede dominarse relativamente rápido. Lo difícil es construir redes comerciales, entender mercados, manejar logística y negociar precios. Sin esta capacidad, el riesgo de cartera vencida aumenta, incluso con buen monitoreo agronómico.
El episodio deja claro que este modelo no elimina el riesgo, pero sí lo gestiona de manera más inteligente. Se pasa de un financiamiento basado únicamente en papeles y garantías físicas a uno basado en información dinámica, seguimiento técnico y acompañamiento comercial.
En conjunto, considerar a los cultivos como activos no es una ocurrencia teórica. Es una respuesta lógica a dos realidades: la necesidad constante de financiamiento en el agro y la disponibilidad actual de tecnología para reducir incertidumbre. Lo que antes era impensable hoy empieza a ser operativo.
El cierre del episodio refuerza la idea principal. Este tipo de financiamiento tiene sentido común, pero solo ahora es viable. La clave no está únicamente en prestar dinero, sino en entender el cultivo, monitorearlo, acompañarlo y venderlo bien. Ahí es donde se define si este modelo se convierte en una solución real para el campo o en un experimento de corto plazo.

