Episodio 444: Agricultura, ciencia, tecnología, salud y bienestar con Manuel Vargas

Este episodio conecta agricultura, ciencia, tecnología, salud y bienestar desde una mirada sistémica. A partir del trabajo de Juan Manuel Vargas Canales, se discute por qué producir alimentos no puede separarse de sus impactos en la salud humana y en los ecosistemas, y por qué seguir analizándolo todo por partes ya no funciona.

La conversación toma como base una investigación reciente de Universidad de Guanajuato y pone sobre la mesa conceptos como costos ocultos, sistemas agroalimentarios, salud pública y transformación productiva. El enfoque es claro: entender las relaciones para poder cambiar la forma en que producimos, comemos y vivimos.

En este episodio se profundiza en una investigación que parte de una premisa sencilla pero compleja de ejecutar: los sistemas agroalimentarios están en el centro de muchas de las crisis actuales, desde la degradación ambiental hasta las enfermedades modernas. Juan Manuel explica que este tipo de análisis surge con más fuerza después de la pandemia, cuando se volvió evidente que salud, alimentación y producción agrícola están profundamente entrelazadas.

Uno de los primeros ejes de la conversación es la evolución de la agricultura, entendida como un proceso histórico ligado al desarrollo científico y tecnológico. Se describe un recorrido que va desde la agricultura 1.0, previa a la Revolución Verde, hasta llegar a lo que hoy se plantea como agricultura 6.0. Cada etapa no reemplaza a la anterior, sino que se construye sobre ella.

La agricultura 2.0 se asocia a la Revolución Verde y al uso intensivo de insumos químicos. La 3.0 incorpora herramientas de precisión como el posicionamiento satelital. La 4.0 integra plataformas digitales y sistemas de información. La 5.0 avanza hacia robótica, inteligencia artificial y toma de decisiones en tiempo real, con una interconexión masiva de datos.

La agricultura 6.0 representa un cambio más profundo. No se limita a nuevos dispositivos o software, sino que plantea una ruptura conceptual: ya no basta con producir más o de forma más eficiente, ahora se busca sanar, recuperar y mejorar los sistemas agroalimentarios. Aquí aparecen con fuerza conceptos como agricultura regenerativa, bioeconomía y economía circular.

Este enfoque no excluye la tecnología. Al contrario, la integra, pero con un propósito distinto. La tecnología deja de ser solo una herramienta de productividad y se convierte en un medio para restaurar ecosistemas, reducir impactos y mejorar la salud humana. En este punto se conectan prácticas como la agroecología, la agroforestería, la agricultura orgánica y la agricultura familiar.

Otro tema central es la urbanización. Más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, lo que obliga a replantear dónde y cómo se producen los alimentos. La agricultura urbana y periurbana aparece como una estrategia clave para reducir costos ambientales, especialmente los asociados al transporte, que en muchos cultivos supera incluso al costo de producción.

Desde ahí, la conversación avanza hacia el impacto de los sistemas agroalimentarios en la salud. Juan Manuel recuerda que esta relación no es nueva. Desde mediados del siglo pasado existen estudios que documentan los efectos de los agroquímicos, primero en el ambiente y después en la salud humana. El concepto de bioacumulación y biomagnificación ayuda a entender cómo los residuos se concentran a lo largo de las cadenas tróficas hasta llegar a las personas.

Hoy, prácticamente todas las cadenas agroalimentarias presentan residuos de agroquímicos. Incluso zonas que no producen bajo esquemas intensivos pueden estar contaminadas por deriva o por el agua. Esto cuestiona la idea de inocuidad absoluta y abre el debate sobre la efectividad real de las certificaciones, incluyendo las orgánicas, donde también se han documentado fraudes.

En este contexto aparece el concepto de bienestar, entendido no solo como ausencia de enfermedad, sino como la capacidad de expresar el máximo potencial físico, intelectual y emocional. Juan Manuel explica que, aunque el potencial genético humano permitiría vivir entre 120 y 150 años, las condiciones actuales lo impiden.

Desde edades tempranas se observan problemas de desnutrición o mala alimentación. Más adelante aparecen enfermedades crónico-degenerativas relacionadas con la dieta y con la exposición a contaminantes. En etapas posteriores surgen padecimientos como cáncer, Parkinson, Alzheimer y trastornos mentales, cada vez más comunes.

La alimentación juega un papel central en esta pérdida de bienestar. Se menciona el contraste entre dietas tradicionales basadas en alimentos frescos y locales, frente al crecimiento acelerado del consumo de ultraprocesados. La evidencia científica muestra una relación directa entre mayor consumo de estos productos y mayor mortalidad.

Más allá de un ingrediente específico, el problema radica en la acumulación de aditivos, conservadores y moléculas que el cuerpo humano no está preparado para metabolizar. La evolución biológica es lenta, y no ha podido adaptarse al ritmo de cambios impuesto por la industria alimentaria moderna.

Aquí se refuerza la idea de que muchos problemas de salud no pueden entenderse de forma aislada. Analizar diabetes, cáncer, contaminación del agua o residuos en alimentos por separado oculta el origen común: la forma en que producimos y procesamos los alimentos.

Uno de los aportes más relevantes de la investigación es el análisis de los costos ocultos de los sistemas agroalimentarios. Se estima que el precio que se paga por los alimentos representa apenas alrededor del 30% de su costo real. El resto se manifiesta en impactos a la salud, al ambiente y a la cohesión social.

Para 2020, estos costos ocultos se estimaron en 12.7 billones de dólares. Aproximadamente el 73% se asocia a costos en salud, el 20% a daños ambientales y el resto a costos sociales. Estos incluyen muertes prematuras, enfermedades, pérdida de productividad y degradación de recursos naturales.

Desde esta perspectiva, lo que parece barato en el supermercado resulta extremadamente caro para la sociedad. La prevención, a través de sistemas productivos más sanos, es mucho más económica que atender las consecuencias en sistemas de salud saturados.

A partir de este diagnóstico, se plantean varias líneas de acción. La primera es fortalecer sistemas de producción como la agroecología, la agroforestería, la agricultura orgánica y la agricultura familiar, que históricamente han mantenido mayor diversidad genética y menor impacto ambiental.

Se destaca que la agricultura familiar produce cerca del 80% de los alimentos a nivel mundial y concentra una gran parte del empleo rural. Cualquier transformación real debe partir de ahí y ser gradual, no abrupta.

Otra línea clave es la agricultura urbana, como estrategia para acercar producción y consumo, reducir pérdidas y fortalecer la seguridad alimentaria local. Todo esto debe integrarse con tecnologías digitales de las agriculturas 4.0 y 5.0, adaptadas a pequeños productores.

La investigación también propone cambios estructurales en políticas públicas. Se plantea facilitar el acceso a créditos, subsidios y financiamiento diferenciados según el tipo de tecnología utilizada, favoreciendo sistemas sostenibles. A esto se suman incentivos fiscales positivos y negativos para orientar decisiones productivas.

Otro punto crítico es la ausencia de seguros, seguridad social y sistemas de ahorro para quienes producen alimentos. Esta precariedad explica en gran medida la falta de relevo generacional en el campo y el desinterés de los jóvenes por integrarse al sector agroalimentario.

Se propone avanzar hacia esquemas de aseguramiento médico, ahorro para el retiro y jubilaciones dignas, que hagan del campo una opción de vida viable. Sin estas condiciones, cualquier discurso sobre sostenibilidad queda incompleto.

Finalmente, se subraya la necesidad de certificaciones confiables, capacitación técnica y financiera, inversión en investigación y desarrollo, y programas sólidos de divulgación. La sociedad tiene derecho a saber qué está comiendo y cuáles son las implicaciones de sus decisiones.

El mensaje de cierre es claro: seguir produciendo como hasta ahora no es una opción viable. Transformar los sistemas agroalimentarios es una condición necesaria para mejorar la salud, el bienestar y la sostenibilidad de la vida humana.