Episodio 480: Mi experiencia como jurado en “35 menores de 35”

Mi experiencia como jurado en 35 menores de 35

Este episodio muestra cómo el talento joven está transformando el campo a través de innovación práctica, historias reales y decisiones sostenibles. A partir de la experiencia como jurado del ranking impulsado por Yara International, se revelan criterios, aprendizajes y patrones que definen a una nueva generación agrícola en América Latina.

Se pone énfasis en impacto personal, sostenibilidad aplicada y visión de negocio como ejes para evaluar a productores menores de 35 años. Las historias seleccionadas permiten entender cómo estos perfiles integran tecnología, comunidad y productividad, generando modelos replicables en distintos contextos agrícolas de la región.

La experiencia como jurado en el ranking 35 menores de 35 permite observar de forma concentrada lo que está ocurriendo en la agricultura latinoamericana. Lo primero que resalta es la diversidad. No se trata de un solo tipo de productor ni de un único modelo productivo. Hay una mezcla amplia de cultivos, regiones y trayectorias personales que reflejan un sector en constante evolución.

Se evaluaron 50 perfiles previamente seleccionados mediante un filtro interno. Este punto es importante porque indica que ya existe un estándar mínimo alto antes de llegar a la evaluación final. A partir de ahí, el análisis se centra principalmente en dos criterios: la historia del productor y su enfoque hacia la sostenibilidad. Ambos elementos funcionan como indicadores de impacto real, más allá del rendimiento productivo.

En términos de cultivos, la variedad es amplia. Aparecen sistemas tropicales como piña, cultivos básicos como maíz, producción intensiva como tomate y una presencia fuerte del café. Esto último no es casual, ya que existen programas específicos que impulsan este cultivo, lo que se traduce en una mayor participación de caficultores. La diversidad geográfica también es clara, con representación de países como México, Guatemala, Colombia, Perú y Argentina.

Sin embargo, lo más relevante no es el cultivo, sino la historia detrás de cada productor. Hay quienes continúan una tradición familiar de varias generaciones y quienes comienzan desde cero sin antecedentes agrícolas. También aparecen perfiles híbridos, personas que vienen de otras profesiones y deciden entrar al sector. Esta variedad de orígenes muestra que la agricultura ya no es un espacio cerrado, sino un campo abierto a nuevas trayectorias.

Muchas de estas historias tienen un componente emocional fuerte. No se trata únicamente de producir, sino de construir algo significativo. Se observan casos de jóvenes que asumen responsabilidades familiares, otros que innovan en condiciones adversas y algunos que logran escalar operaciones a niveles comerciales relevantes. Este componente humano es clave porque conecta la producción con propósito.

Un ejemplo representativo es el de una productora joven que, mientras estudia, participa activamente en la gestión de un invernadero de tomate. No solo opera el sistema, sino que también forma parte de un esquema de exportación. Este tipo de casos refleja una integración temprana al negocio agrícola con enfoque profesional.

En cuanto a sostenibilidad, el nivel de adopción es notable. No se trata de discursos, sino de prácticas concretas. Aparecen técnicas como compostaje, uso de microorganismos, cobertura vegetal del suelo, captación de agua y sistemas de riego tecnificado. Estas acciones no solo mejoran la eficiencia productiva, sino que también reducen impactos ambientales.

Lo relevante aquí es que estas prácticas no están concentradas en unos pocos casos, sino distribuidas de manera amplia entre los participantes. Esto sugiere que la sostenibilidad ya no es un diferenciador, sino una base sobre la cual se construye la producción moderna. En particular, en perfiles jóvenes, esta tendencia es más evidente.

Otro punto importante es la forma en que estos productores entienden la comercialización. No todos siguen el mismo camino. Algunos exportan a mercados internacionales, mientras otros se enfocan en ventas locales. También hay quienes integran valor a través de proyectos sociales o iniciativas comunitarias.

Un caso interesante es el de un productor que, además de cultivar, capacita a otros agricultores en su región. Ha trabajado con aproximadamente 200 personas, compartiendo conocimientos sobre su cultivo principal. Su enfoque no es competitivo, sino colaborativo. Parte de la idea de que si a otros les va bien, el mercado en general se fortalece.

Este tipo de mentalidad marca una diferencia importante. No se trata solo de producir más, sino de construir ecosistemas productivos más sólidos. La colaboración aparece como una estrategia de crecimiento, no como una amenaza.

También se observan diferencias en la escala de producción. Hay operaciones pequeñas con enfoque local y otras más desarrolladas con acceso a mercados internacionales. Sin embargo, en ambos casos, el elemento común es la intención de mejorar constantemente. Ya sea mediante tecnología, capacitación o gestión, todos los perfiles muestran una orientación clara hacia el progreso.

La experiencia de evaluar estos perfiles permite ampliar la perspectiva sobre lo que significa hacer agricultura en América Latina. Muchas veces se tiene una visión limitada al contexto propio, pero al analizar casos de distintos países se identifican prácticas, enfoques y soluciones que pueden adaptarse a otras realidades.

Este intercambio indirecto de ideas es uno de los principales beneficios de este tipo de iniciativas. No solo visibilizan a los participantes, sino que también generan aprendizaje colectivo. Ver cómo alguien en otro país resuelve un problema similar abre posibilidades nuevas.

Otro aspecto relevante es el papel de la visibilidad. Dar a conocer estas historias tiene un efecto multiplicador. No solo reconoce el trabajo de quienes participan, sino que también inspira a otros a involucrarse en el sector. En particular, puede motivar a jóvenes que aún no consideran la agricultura como una opción profesional.

La visibilidad también tiene implicaciones prácticas. Participar en este tipo de rankings puede abrir puertas, generar conexiones y fortalecer la reputación de los productores. En un entorno cada vez más competitivo, estos elementos pueden marcar la diferencia.

En conjunto, la experiencia confirma que la agricultura en la región está en transformación. La presencia de jóvenes con enfoque técnico, visión empresarial y conciencia ambiental indica una evolución clara. No se trata de un cambio futuro, sino de una realidad en desarrollo.

Además, se evidencia que el talento está distribuido en toda la región. No está concentrado en un solo país ni en un tipo específico de producción. Esto refuerza la idea de que el potencial agrícola latinoamericano es amplio y diverso.

Finalmente, este tipo de ejercicios contribuyen a construir una narrativa diferente sobre el sector. En lugar de enfocarse únicamente en desafíos, muestran soluciones, innovación y progreso. Esto es clave para cambiar la percepción del agro, tanto dentro como fuera del sector.

La conclusión es directa: conocer estas historias amplía la visión, conecta realidades y permite entender mejor hacia dónde se dirige la agricultura. La combinación de juventud, sostenibilidad y enfoque estratégico define una nueva etapa para el campo en América Latina.

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Soy Olmo Axayacatl Bastida Cañada y ayudo a profesionales agrícolas a convertirse en francotiradores de la comunicación, para que cada palabra dé justo en el blanco. Si tu comunicación te genera más problemas que oportunidades, entonces soy el maestro que necesitas.