Episodio 544: Una solución innovadora para aportar nutrientes al suelo con Héctor Adame

Una solución innovadora para aportar nutrientes al suelo con Héctor Adame

En esta conversación, Héctor Adame nos platicó sobre el desarrollo de un producto de nutrición para los suelos, que surgió como resultado de un proceso detonado por la curiosidad y la necesidad de procesar los desechos orgánicos de forma rápida y eficiente.

En este sentido fue que desarrolló FOCA Systems, un fertiabono orgánico que está teniendo bastante éxito —en cuestiones agrícolas, sí, pero también en el cuidado de pastos y céspedes, así como en plantas ornamentales. En este episodio nos explica los pormenores de su proyecto y de su producto.

Este episodio gira alrededor de una idea incómoda pero necesaria: al suelo le hemos quitado durante décadas mucho más de lo que le hemos devuelto, y ahora estamos pagando la factura. La conversación con Héctor pone el foco en ese desequilibrio y en una propuesta concreta para empezar a corregirlo, sin discursos románticos ni promesas mágicas.

La historia arranca desde lo personal. Héctor crece en una familia marcada por el cuidado ambiental cuando eso no estaba de moda, más bien al contrario. Hablar de ecología era casi sinónimo de exageración. Ese contexto, sumado al contacto temprano con la fabricación de maquinaria y el diseño de procesos, va sembrando una semilla que tarda años en germinar. Durante dos décadas se dedica a los seguros, pero el tema de los residuos orgánicos queda rondando, como ruido de fondo que no se apaga.

El punto de quiebre llega con un dato simple y demoledor: cada persona genera en promedio un kilo de residuos al día y cerca de la mitad es orgánico. Ese residuo, en lugar de aprovecharse, termina mezclado con lo inorgánico y convertido en basura sin retorno. Ahí aparece la pregunta clave: cómo es posible que nadie esté aprovechando esa cantidad brutal de materia orgánica. No es una pregunta filosófica; es una pregunta operativa.

La respuesta no llega en una oficina ni en un laboratorio sofisticado. Llega de madrugada, como suelen llegar las ideas que de verdad mueven algo. De ahí nace un proceso pensado desde principios básicos: la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. El objetivo no es fermentar ni descomponer residuos, sino transformar su estado de forma rápida, limpia y eficiente.

El proceso que desarrolla Héctor parte de una premisa clara: no usar alta temperatura, no usar agua, no usar químicos ni conservadores. Se trata de deshidratar y pulverizar residuos orgánicos de todo tipo —frutas, verduras, mermas agrícolas— y combinarlos con una fórmula de minerales naturales. El resultado es un bioinsumo diseñado para nutrir el suelo, no para “alimentar” directamente a la planta.

Aquí aparece un concepto central: FOCA no es fertilizante ni abono. Es un “pertiabono”, una categoría distinta. No trabaja desde la lógica del NPK como solución universal, sino desde la restauración de la vida del suelo. Materia orgánica, minerales y microorganismos vivos actuando de forma sinérgica. Cuando uno más uno deja de ser dos y empieza a ser tres.

Uno de los puntos más interesantes de la conversación es la insistencia en los colores de la alimentación. No es un detalle anecdótico. Así como una dieta humana basada en un solo alimento genera carencias, un suelo nutrido siempre con el mismo tipo de materia orgánica también se empobrece. La diversidad de colores es diversidad de nutrientes, y eso aplica tanto para las personas como para la tierra. El suelo necesita variedad, no monotonía.

Desde ahí se conecta con una crítica directa a la agricultura extractiva. Cada ciclo agrícola saca toneladas de biomasa del campo y, en la mayoría de los casos, no regresa nada equivalente. Décadas de ese modelo han dejado suelos con menos del 1 % de materia orgánica. No es un problema reciente ni superficial; es estructural y acumulativo.

La comparación con el estiércol es clara y contundente. Históricamente funcionó porque devolvía algo al suelo, pero tenía límites evidentes: la vaca solo puede devolver lo que comió. Si comió pasto, devuelve nutrientes del pasto. No puede devolver lo que nunca entró en su dieta. El mismo principio aplica hoy. Si seguimos usando insumos limitados, obtendremos resultados limitados.

FOCA busca romper ese techo nutricional al integrar residuos de “todos los colores de la alimentación” y minerales de origen natural. El suelo recibe una mezcla mucho más completa y equilibrada, que activa su microbiología y acelera procesos que, de forma natural, tomarían mucho más tiempo.

Aquí aparece la diferencia clave frente a la composta. La composta se basa en fermentación y descomposición; FOCA evita ambos procesos. No se pudre ni se descompone antes de llegar al suelo. La integración ocurre dentro del suelo, no fuera. Es la naturaleza la que termina el trabajo, pero con la materia ya preparada y accesible.

Los datos respaldan la propuesta. En un estudio realizado por el CICY en tomate, durante 150 días, se comparó FOCA contra composta de alta calidad. El resultado fue 48 % más producción estimada por hectárea usando FOCA. No es una percepción ni un testimonio aislado; es un dato medido.

Otro punto crítico es la aplicación. FOCA no se deja sobre la superficie. Debe ir dentro del suelo, cerca de la raíz, porque ahí es donde viven los microorganismos. El sol los mata en minutos. Aplicarlo mal no solo reduce el efecto, puede generar problemas físicos en el suelo, como costras superficiales.

La dosis es clara: una tonelada por hectárea cada tres meses. En cultivos de ciclo corto se ajusta el momento, en perennes se adapta la técnica, pero el principio es el mismo: cercanía a la raíz y cobertura con tierra. No hay misterio, hay método.

En campo, los resultados empiezan a abrir conversaciones incómodas. Al usar FOCA como insumo principal, muchos productores descubren que no saben realmente cuánto gastan en agroquímicos. Cuando se reduce la dependencia de mezclas improvisadas y aplicaciones correctivas, el costo se vuelve visible y controlable. Eso, para algunos, resulta más disruptivo que el cambio técnico.

El episodio cierra con una idea sencilla pero potente: no se trata de pelear contra la composta, el bocashi o cualquier otra práctica. Son procesos distintos para objetivos distintos. FOCA no pretende reemplazar todo, pero sí ofrecer una herramienta clara para devolverle al suelo lo que le hemos quitado durante demasiado tiempo.

La innovación aquí no es solo tecnológica; es conceptual. Dejar de pensar en el suelo como un soporte inerte y volver a verlo como un sistema vivo que necesita alimento real, diverso y constante. No es una moda ni una solución exprés. Es una corrección de rumbo.

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