Episodio 587: La industria de la carne de laboratorio

La industria de la carne de laboratorio

La carne cultivada ya no es una curiosidad científica. Es una disputa por el futuro de la proteína, la regulación y el control del mercado. Mientras Upside Foods, Wildtype y Aleph Farms avanzan, varios gobiernos intentan frenar una tecnología que podría alterar la ganadería mundial durante las próximas décadas completas.

El debate importa especialmente a México. Las exportaciones bovinas, los costos productivos y la competencia internacional dependen de decisiones tomadas hoy en Estados Unidos, China, Europa e Israel. Entender cómo se produce esta carne, cuánto cuesta y quién busca prohibirla permite anticipar riesgos comerciales reales para el sector agropecuario mexicano.

Cuando observo la carne cultivada, no veo un producto nuevo. Veo una disputa por definir quién producirá la proteína animal, bajo qué reglas y con qué impacto sobre la ganadería tradicional. La tecnología comenzó como una demostración costosa: en 2013, una hamburguesa cultivada en los Países Bajos requirió dos años y costó 330 mil dólares. Desde entonces, el costo cayó, pero todavía no compite con la carne convencional.

El avance científico no ha eliminado la resistencia política. Texas, Florida, Alabama, Mississippi, Montana, Nebraska e Indiana prohibieron su venta. En Florida, la defensa ganadera se mezcló con discursos sobre élites globales, insectos y alimentos producidos en placas de laboratorio. Esto muestra que la discusión ya no depende solamente de seguridad alimentaria o viabilidad técnica. También involucra identidad rural, empleos, poder electoral y protección de mercados locales.

Empresas como Upside Foods y Wildtype presentaron demandas federales. Sostienen que las prohibiciones estatales bloquean el comercio entre estados y protegen a productores locales frente a nuevos competidores. Un juez permitió que el caso contra Texas avanzara. El conflicto puede definir si los estados pueden prohibir alimentos autorizados por autoridades federales. La regulación puede convertirse en una barrera comercial anticipada.

El capital perdió entusiasmo. Las inversiones globales cercanas a mil millones de dólares en 2021 bajaron a 36 millones en 2025. Believer Meats, tras inaugurar una planta de gran escala, cerró meses después. También desaparecieron Meatable y Upstream Foods. Veo aquí una advertencia clara: una tecnología prometedora no se convierte automáticamente en una industria rentable. Necesita costos controlados, demanda suficiente, plantas eficientes y reglas estables.

China tomó una dirección distinta. Una corporación estatal anunció más de 555 millones de dólares para infraestructura de biomanufactura y proteínas alternativas, mientras Estados Unidos redujo el financiamiento público destinado a esta investigación. La diferencia importa porque el liderazgo no depende de inventar una tecnología. Depende de sostenerla, construir capacidad industrial y formar talento especializado. Quien domina la infraestructura puede dominar después la producción.

México no está fuera de esta transformación. Cerca del 85 por ciento de sus exportaciones de carne bovina se dirige a Estados Unidos. Por eso, cualquier cambio en el consumo, el etiquetado o la regulación estadounidense puede afectar precios, inversiones y decisiones productivas mexicanas. No creo que desplace pronto a la ganadería, pero ignorar su desarrollo sería una mala lectura estratégica para productores, empresas y autoridades.

El proceso comienza con una biopsia tomada de un animal vivo. De ella se obtienen células musculares que se reproducen. Se conservan en bancos celulares y se introducen en biorreactores, tanques donde reciben temperatura, oxígeno y nutrientes controlados. El objetivo es imitar las condiciones internas del cuerpo sin criar y sacrificar un animal. En teoría, una muestra pequeña puede producir grandes cantidades de tejido.

El principal obstáculo sigue siendo económico. El medio de cultivo, los biorreactores y la mano de obra especializada representan cerca del 80 por ciento del costo. Producir un kilogramo puede rondar los 63 dólares a escala mayorista y superar los 100 dólares para el consumidor. Aunque Mosa Meat redujo 80 veces el costo de su medio de cultivo hasta 2020, la reducción necesaria para competir con la carne convencional todavía es considerable.

También existe un reto estructural. Multiplicar células no basta. Para obtener una textura parecida a la carne, deben organizarse en tres dimensiones. Los fabricantes utilizan andamios comestibles que orientan el crecimiento del tejido y permiten formar fibras. Esto funciona mejor en productos molidos, nuggets o hamburguesas que en cortes gruesos. Replicar grasa, músculo, vascularización y textura en una pieza completa exige procesos mucho más complejos.

La oposición ganadera tiene fundamentos económicos evidentes. Estados Unidos produce una proporción considerable de la carne mundial y estados como Texas concentran inventarios, plantas, empleos y organizaciones con influencia política. Desde esa posición, una proteína creada en biorreactores no se percibe como una simple innovación, sino como un posible competidor respaldado por capital tecnológico. Las prohibiciones protegen una estructura productiva existente.

Quienes apoyan esta tecnología destacan otros beneficios. Producir tejido sin criar animales completos podría reducir el uso de tierra, agua, antibióticos y parte de las emisiones vinculadas con la ganadería. Sin embargo, el resultado ambiental dependerá de la energía utilizada, la eficiencia de las plantas y la composición de los medios de cultivo. No basta con llamarlo sostenible; hay que medir todo su sistema productivo.

El mercado sigue siendo pequeño, alrededor de 270 millones de dólares, aunque algunas proyecciones lo colocan en 23 mil millones para 2035. Esa distancia refleja expectativas, no ventas garantizadas. Singapur, Estados Unidos e Israel ya autorizaron algunos productos, mientras Italia aprobó una prohibición acompañada de multas severas. La reacción italiana mostró hasta qué punto la alimentación puede convertirse en un asunto de soberanía, tradición y protección económica.

México todavía no cuenta con reglas específicas. Forma Foods, vinculada con el Tecnológico de Monterrey y con investigadores de la UNAM, comenzó trabajando con células animales, pero cambió hacia impresión tridimensional vegetal por los altos costos. Micro Meat, respaldada por Y Combinator, mantiene un enfoque celular. Estos casos indican que hay capacidad científica local, aunque falta un entorno regulatorio, financiero e industrial que permita escalar.

Algunos experimentos ayudan a dimensionar el alcance de la tecnología. En 2019, Aleph Farms cultivó tejido bovino en la Estación Espacial Internacional mediante bioimpresión. La demostración no resolvió los costos terrestres, pero probó que la producción de tejido puede separarse del suelo, el pastoreo y la disponibilidad directa de agua. En 2024, Israel aprobó la venta de carne bovina cultivada de la misma empresa.

Al final, me parece que la pregunta central no es si esta carne sustituirá pronto a la ganadería. Todo indica que no. La cuestión es qué parte del mercado puede capturar, qué productos podrá reemplazar y qué países construirán primero una industria competitiva. Para el sector agropecuario, la respuesta más sensata no es minimizarla ni presentarla como una amenaza inmediata. Conviene vigilar costos, aceptación, regulación y alianzas industriales. La carne cultivada todavía es pequeña, cara y vulnerable, pero ya está modificando decisiones políticas, inversiones y estrategias alimentarias.

Olmo Axayacatl Bastida Cañada

Soy Olmo Axayacatl Bastida Cañada y ayudo a vendedores a mejorar su comunicación para generar confianza, reducir fricción y facilitar decisiones. ¿Dependes de la comunicación para conseguir resultados en tu trabajo o negocio? Escríbeme

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