Episodio 258: Mantenimiento adecuado de un sistema de riego con José Aispuro

Cómo comunicarte para que te entiendan, confíen y actúen

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Prepara y ejecuta una conversación difícil en el trabajo


El mantenimiento de sistemas de riego no es opcional: es una decisión que impacta directamente la productividad. En esta conversación con José Aispuro, se abordan prácticas clave para evitar fallas críticas y asegurar eficiencia operativa. Se destacan mantenimiento preventivo, vida útil de equipos y disciplina diaria como pilares indispensables.

A lo largo del análisis con José Aispuro, se explica cómo pequeños descuidos generan grandes pérdidas. Se profundiza en la importancia de bitácoras, tipos de mantenimiento y revisión integral del sistema, ofreciendo una guía práctica para quienes buscan operar con precisión y reducir riesgos en campo.

El mantenimiento de un sistema de riego no es un complemento, es la base sobre la que descansa todo el desempeño productivo. Cuando el sistema falla, cualquier mejora agronómica pierde impacto. Por eso, entender cómo cuidarlo no es un lujo técnico, es una necesidad operativa.

Desde la experiencia acumulada en campo, queda claro que el objetivo principal del mantenimiento es prevenir fallas. No se trata de reaccionar, sino de anticiparse. Cuando se mantiene correctamente un sistema, se logra alargar la vida útil, mejorar la eficiencia y evitar problemas como taponamientos o caídas de presión.

Un punto importante es que no existe un tiempo exacto de vida para los componentes. Un sistema de bombeo puede durar décadas o apenas unos años. La diferencia no está en el equipo, sino en el cuidado. Lo mismo ocurre con los filtros: pueden operar por largos periodos o colapsar rápidamente si no se limpian adecuadamente.

El mantenimiento se estructura en tres niveles que deben convivir de manera constante. El primero es el mantenimiento rutinario. Este ocurre todos los días y es la base de todo el sistema. Consiste en revisar visualmente el estado general: disponibilidad de agua, energía, funcionamiento de válvulas y condiciones del campo. Es una inspección breve, pero crítica.

El segundo nivel es el mantenimiento preventivo. Aquí ya existe una planeación. Se trabaja con listas de verificación donde se definen actividades semanales, mensuales o semestrales. Este tipo de mantenimiento permite detectar desgastes antes de que se conviertan en fallas.

El tercer nivel es el mantenimiento correctivo. Este ocurre cuando algo ya se dañó. Es el más costoso y el más riesgoso, porque generalmente aparece en momentos críticos. En muchos casos, surge como consecuencia directa de no haber ejecutado correctamente los otros dos.

Un error frecuente es pensar que el mantenimiento está bien hecho sin validarlo. Se ejecuta una tarea, pero no se supervisa. La falta de auditoría interna provoca que pequeños errores pasen desapercibidos. Un tornillo flojo o una pieza mal instalada puede escalar a un problema mayor.

También es común el uso de materiales provisionales para salir del paso. Se instala una pieza similar con la intención de reemplazarla después, pero ese cambio nunca ocurre. Lo temporal se vuelve permanente, y con ello se compromete la integridad del sistema.

Otro punto crítico es la falta de continuidad en las personas que realizan el mantenimiento. Cuando diferentes técnicos intervienen sin seguimiento, se pierde consistencia. Por eso, además de ejecutar, es clave supervisar y documentar.

La forma de comunicar fallas al productor también influye. No siempre es sencillo señalar errores, pero cuando se demuestra con hechos y resultados, se genera confianza. La evidencia práctica suele ser más efectiva que cualquier explicación.

En campo, el trabajo no se limita a revisar. Se realiza diagnóstico, auditoría y retroalimentación constante. Incluso dentro de los propios equipos técnicos, la revisión entre compañeros permite mejorar la calidad de las instalaciones y asegurar que los sistemas funcionen correctamente por varias temporadas.

Antes de instalar cualquier proyecto, se revisa todo: diseño, materiales, condiciones del terreno y coherencia entre plano y realidad. Si se detectan áreas de mejora, se ajustan. Esto evita problemas futuros y asegura que el sistema opere bajo las condiciones para las que fue diseñado.

Para quienes buscan desarrollarse en esta área, el conocimiento debe ser integral. No basta con entender una parte. Es necesario dominar cálculos hidráulicos, diseño, instalación y funcionamiento de los equipos. Además, se requiere capacidad para interactuar con diferentes perfiles.

Sin embargo, el conocimiento técnico no es suficiente. La actitud también influye. Cuando existe interés genuino por el trabajo, el aprendizaje se vuelve constante. La interacción con problemas reales en campo se convierte en una fuente continua de desarrollo.

Regresando al mantenimiento, una de las herramientas más subestimadas es la bitácora. Registrar lo que ocurre en el sistema permite dar seguimiento, detectar patrones y anticipar fallas. Sin registro, no hay control.

En muchos casos, ni siquiera existe un sistema básico de anotaciones. Esto limita la capacidad de análisis. Un simple checklist o incluso un pizarrón puede marcar la diferencia en la gestión del mantenimiento.

El recorrido de revisión debe ser completo. Se inicia en la fuente de agua, evaluando su calidad. Después se pasa al sistema de bombeo, donde se revisa el estado mecánico. Posteriormente, se inspecciona la filtración, asegurando que sea adecuada para las condiciones del agua.

Luego se analiza el sistema de inyección de fertilizantes, verificando que tenga la capacidad necesaria. A medida que el sistema crece, es común que los equipos queden subdimensionados, lo que afecta el rendimiento.

Finalmente, se llega al campo. Aquí se revisan los goteros, las presiones y el comportamiento del agua en las líneas. Un error frecuente es trabajar con presiones por debajo de lo recomendado. Esto favorece la acumulación de sedimentos y el taponamiento.

Cada componente debe operar dentro de su rango óptimo. Salirse de esos parámetros implica reducir la eficiencia y aumentar el riesgo de fallas.

El mantenimiento rutinario facilita todo el proceso. Dedicar unos minutos al inicio del día para revisar el sistema evita problemas mayores. Encender equipos sin verificar condiciones previas es una práctica que puede generar daños importantes.

La disciplina es el elemento que conecta todo. Sin constancia, ningún sistema de mantenimiento funciona. No se trata de acciones complejas, sino de hábitos sostenidos.

Al final, el mantenimiento no es solo una tarea técnica. Es una forma de gestionar el riesgo. En agricultura, el tiempo es crítico. Cuando el cultivo necesita agua, no hay margen para fallas. Por eso, mantener el sistema en condiciones óptimas es una responsabilidad diaria.

Adoptar estos principios permite operar con mayor seguridad, reducir costos y mejorar resultados. No se trata de hacer más, sino de hacerlo de manera constante y estructurada.